Todos cometemos errores; eso no es lo grave. Lo grave es creernos la excepción: el que sí es razonable, el que sí tiene orden, el que mira los tropiezos ajenos con algo de lástima. Conocí a un visionario al que perdimos por desordenado. Lo critiqué. Años después entendí que los que llegaron con orden también escondían lo suyo.
Hace unos años empecé en una empresa donde trabajé, y desde entonces he aprendido un montón, sobre todo a base de crecer en eso que llamo disciplina corporativa. No sé si sea un concepto muy popular, pero hoy es lo que más he desarrollado. Y con el tiempo entendí algo incómodo: que hay dos maneras de engañarse en un trabajo, y las dos se sienten como virtud. Una es la del que tiene visión y cree que con eso basta. La otra es la del que tiene orden y cree que eso lo vuelve mejor persona. Las viví de cerca, en ese orden.
Cuando entré me encontré con una persona. Él era la persona: Rafael (no es su nombre real). Él me contrató, él me dio la oportunidad, y por eso siempre le voy a estar agradecido. Con el tiempo me di cuenta de que Rafael era alguien grande: grandioso de ideas, un pensador tecnológico volcado por completo al pragmatismo, valiente. Cuando tenía una idea, la ejecutaba; no tenía instalado el chip del riesgo, o quizá su personalidad era simplemente lanzarse a lo desconocido con lo que la empresa le diera en ese momento. Vio venir a la IA cuando nadie más lo hizo. Pero había algo que Rafael no tenía: orden.
Y el desorden, cuando convive con el talento, es traicionero. Tanto, que la época de sus mayores logros fue también la del menor soporte para esos avances. Hacía las cosas sin avisar, montaba servicios sin decirle a su gente, no dejaba ningún proceso bien definido. Vaya desastre que causó en el área. Pero hay una casualidad casi poética en todo esto: las decisiones que tomó no pesaron de inmediato, sino tiempo después, cuando él ya no estaba. Como si lo que sembró hubiera esperado a que se fuera para cobrar la cuenta.
No lo juzgo, porque no es mi rol ni el de nadie. Pero para algunos terminó notándose que aquello fue, más que otra cosa, falta de experiencia. Rafael era tan creativo que olvidaba que todo tiene consecuencias, y cargaba con una idea casi inocente: que si creaba las cosas pensando en un bien, no tenían por qué traer nada malo. Pues lo trajeron. Un año después de mi ingreso, se vio en un escenario desafortunado que lo dejó fuera del proyecto. Creativo, sí, pero olvidó la disciplina corporativa, esa que le da orden al trabajo, al menos como lo entendemos hoy. No puedo decir si fue justo o no; lo que sí sé es que ese día se perdió una gran mente.
Después vinieron los otros. Personas que dirigieron el área y que, a todas luces, sí respiraban esa disciplina. Y claro, también tenían ideas magníficas, pero con seriedad, siempre con un plan, siempre con una dirección. Temerarios extraordinarios que quisieron darle forma a los proyectos. Aquí esperaba yo el contraste limpio: el desorden de uno contra el método de los otros. Pero hay algo que todavía me asombra. Aunque se creían más razonables que Rafael, con el tiempo entendí que el miedo está en todos los que tomamos decisiones, por muy razonables que nos creamos. El orden no era la ausencia de miedo; era su disfraz. A Rafael lo criticaron duro, durante y después de su época —yo mismo fui de los que lo criticaron—, pero esos críticos también tuvieron sus errores, sus manchas, lo quieran aceptar o no. Y no hace falta evidenciar la falla para saber que hubo errores: basta con demostrar que eran humanos.
Para esto tengo un recuerdo bastante exacto, y sucede lejos de cualquier oficina. Hace unos años me mudé a una casa nueva y me quedé sin mecánico de confianza; el de siempre ahora me quedaba lejos. Así que empecé la faena de buscar uno, y casi todos me quedaban mal. Pero noté una cosa que se repetía como un guion: cada vez que un mecánico nuevo veía mi auto, soltaba el mismo comentario, «es que el anterior le hizo puras cochinadas». Todos limpios, todos recién llegados, todos con el culpable ya elegido. Parecían políticos. Y entendí que ese reflejo —señalar al de antes para quedar uno impecable— no es de los mecánicos ni de los políticos: es de casi todos.
Porque el problema no es tener errores. Tarde o temprano se tienen, y no hay forma de argumentar con fuerza que no. El problema está en verse a uno mismo como alguien sin errores, o cuyos errores son siempre los menores. La soberbia, en esto, es comunísima. Alguien que lleva años de experiencia —porque un día, igual que a mí, le dieron la oportunidad de desarrollarse— olvida que un día fue joven, olvida que también tuvo que aprender, y termina entendiéndose como más razonable, menos problemático, con menos errores. Pero oh, sorpresa: no es la inocencia la que decide si vuelves a equivocarte, es la experiencia. Y la experiencia se paga caminando. Todos caminamos; por eso vamos todos por el mismo sendero, solo que en tramos distintos.
Ahí está, creo, la salida. Cuando uno ve de verdad que cada persona trae un camino recorrido y otro por recorrer, y que cada quien está parado en un punto distinto del mismo trayecto, algo se afloja. Porque ya no se trata de que el otro sea tonto, ni de que yo tenga que ser el inteligente, ni de hacer todo bien sin equivocarme nunca. Esa presión se desarma sola. Y en su lugar queda una tranquilidad rara, la de saber que todos pasamos por lo mismo, tarde o temprano. Por algo se dice que la verdad nos hace libres: no la de afuera, sino la de adentro, la de aceptarse falible. Rafael lo fue. Los que lo juzgamos, también. Y reconocerlo, al final, pesa menos que fingir lo contrario.