En 1960, un científico llamado Edward Lorenz buscaba un modelo para predecir el clima. Trabajando con cálculos elementales en una computadora primitiva, hizo lo que haría cualquier buen matemático: simplificar. Recortó decimales de sus datos para aligerar las operaciones. Y entonces llegó la sorpresa: aquellas cifras decimales, en apariencia insignificantes, alteraban los resultados de manera drástica. Lorenz tenía delante uno de los descubrimientos más desconcertantes del siglo XX: un sistema caótico.
Los sistemas caóticos no habitan solo el clima; se despliegan ante nuestros ojos en incontables expresiones de la naturaleza. Imagina que sueltas dos conejos en un campo para que se reproduzcan y anotas su población a intervalos regulares. Verás que crece, que en cierto punto se estabiliza, que más tarde decrece y que vuelve a crecer, en un vaivén imposible de anticipar. Ese experimento lo realizó Robert May en 1976, y es otro de los grandes ejemplos de caos en lo vivo.
De ahí se sigue una definición: un sistema caótico es un sistema en cambio perpetuo, gobernado por patrones impredecibles, cuyos giros pueden nacer del factor más ínfimo. Seguir su rastro es extremadamente difícil, porque parece dictado por el azar. Y, sin embargo, está por todas partes: en los fenómenos del clima y de la naturaleza, y en el comportamiento de la materia, dentro y fuera de nuestro planeta.
No hace falta rebuscar para advertir que los seres humanos no somos ajenos a él. Somos profundamente distintos unos de otros; nos moldean circunstancias que orientan nuestro destino y nuestras decisiones. Comprendemos así que los pequeños cambios tienen un efecto capaz de trastocarlo todo. En psicología es casi un axioma —algo que se intuye— que los primeros años marcan el desarrollo cognitivo, emocional y conductual de una persona: una variación mínima en sus circunstancias puede arrojar un resultado por completo diferente. Quien crece en un entorno violento y desconsiderado suele compartir suerte con quien nació en condiciones semejantes; pero nada está sellado, y la influencia de un solo agente externo basta, a veces, para torcer ese destino.
Somos, pues, parte del sistema caótico de la naturaleza, y reunimos todos los atributos de un «objeto de estudio» cuya existencia entera transcurre en el caos: cada cual tomando rumbos distintos, adoptando decisiones que nos acercan o nos separan a través de esos cambios. Nuestras altas y bajas le pertenecen; y con ellas la inteligencia, las circunstancias, las emociones, las oportunidades, las ideas, las rachas: todo fenómeno que asome en la conducta humana. La prueba es que nadie permanece estático. Cambiamos sin descanso, somos criaturas mutables; mutamos día tras día, hasta el punto de que quien somos hoy no se parece en nada a quien fuimos hace quince años, porque cada aspecto de la vida se transformó de manera caótica.
Este caos nos regala primores como la incertidumbre. Y aunque la tengamos delante a diario, cuesta reconocer que no saber qué traerá el futuro es, sencillamente, parte de un patrón: impredecible. Nos alegramos y entristecemos, avanzamos y retrocedemos, amamos y odiamos, nos divertimos y nos aburrimos, nos encendemos en ira y volvemos a la calma; y todo ello cabe en una misma vida, aunque no al mismo tiempo, pues cada acontecimiento aguarda su lugar y su hora. Para todo hay un tiempo.
Un ser humano atraviesa rachas luminosas de alegría, y también rachas asombrosamente aciagas; puede, en una temporada, encadenar una cantidad increíble de errores y, años después, hallarse de nuevo en lo alto, acertando. Así es lo positivo y lo negativo en nosotros: fluctuante. No hay uno solo que escape a este sistema, porque es parte de nuestra naturaleza de seres vivos.
De todo ello resulta algo notable: aun siendo enormemente distintas nuestras circunstancias, todos partimos igual, y fueron los cambios los que nos hicieron diferentes. «El aleteo de una mariposa en Brasil puede provocar un tornado en Texas», dijo Lorenz; así de sensible es nuestro destino. La decisión más insignificante puede desatar un acontecimiento complejo, y las circunstancias humanas pueden ser tan sutiles como el aleteo de una mariposa o tan estruendosas como la erupción de un volcán.
¿Quién escapa de esto? Nadie: tal es nuestra naturaleza. Por eso, cuando veas a alguien errado, en su peor momento, recuerda siempre que podrías ser tú, que puedes ser tú. Esa consideración prueba que los juicios humanos son del todo relativos, que todo pende de la circunstancia presente y que, pese a nuestro libre albedrío, este ir y venir entre el bienestar y el malestar será una vuelta perpetua en un círculo que solo la muerte cierra.
No importa cuánta certeza creas tener sobre tu futuro; no importan el dinero ni las posesiones; no importan los placeres ni las alegrías que juzgues mayores que otras; no importa aquello que te hace especial, ni tus talentos, ni tu manera de pensar; no importan tu religión ni tu filosofía. Para salir de ese círculo tendrías que cambiar de entorno natural, y de naturaleza.
No podemos fiarnos de nuestro propio juicio, porque somos lo que somos, exactamente iguales a todos los demás; son solo las circunstancias las que nos dan la ilusión de ser razonables. Ninguno se sostiene sobre la línea; nadie evita el error ni gobierna su magnitud.
Todo muy sombrío, ¿verdad? Y, sin embargo, la pregunta queda en pie: si no puedes confiar en ti mismo, ni en razón humana alguna, ¿entonces en quién confías?