Lo que sigue viene a juntar dos cosas que ya escribí por separado. En El costo de los equipos compartidos hablé de las estructuras deficientes, de las áreas que se reparten entre todos los productos de una empresa y de cómo la burocracia termina apareciendo sola, sin que nadie la haya decidido. En La amabilidad obligada hablé de lo contrario, de lo que pasa por dentro, de cómo tener claro quién eres te permite salir del conflicto sin tener que fingir nada. Las dos cosas las sostengo, pero se tocan en un punto que no había atendido, y es justo el que me interesa ahora: qué haces cuando ya sabes quién eres, cuando ya no te enganchas con el grito, y aun así la estructura no te deja resolver.
Imagina que estás en la situación en la que tu jefe te grita. Tú sabes quién eres, y por eso no pones atención a los gritos. La persona empieza a hacer alusiones a tu trabajo, a tu competencia, a tu inteligencia, y tú sigues sabiendo quién eres, así que buscas entre la paja de los gritos la información que de verdad sirve para accionar y calmar a esa persona. Como decía, tener claro quién eres es poderoso, porque te guía fuera del conflicto y te permite omitir todo lo que se dijo desde el sentimiento ajeno y no desde el problema.
Pero entonces intentas accionar, y la estructura que tienes enfrente simplemente no te lo permite. Porque es una estructura malograda, deficiente, pensada solamente para las personas que están arriba en la jerarquía, y ese no es tu caso. Dicho así puede parecer tragicómico, pero es de lo más común. Es una historia real que puede estar sucediendo justo al lado tuyo mientras lees esto.
Enfrentarse a las dos cosas al mismo tiempo no es sencillo. Probablemente ponga a prueba tu paciencia, o de plano nos haga explotar, como muchas veces todos lo hemos hecho cuando nos encontramos entre dos situaciones que aprietan en sentidos opuestos.
Abordar esto desde la capacidad es desgastante. Ya sea que nunca te hubiera pasado o que tengas años de experiencia, sigue siendo complicado, en grados distintos, pero nunca deja de ser difícil. Quien nunca lo ha enfrentado aprende, y así gana experiencia; quien ya la tiene la refuerza y conoce los caminos de salida. Pero el problema no se aborda desde la capacidad, se aborda desde la identidad.
Y aquí regreso a lo mismo: ¿quién eres? Muchas veces me han dicho, supongo que con buena intención, «no eres el dueño», «no es tu empresa, no te estreses». La realidad es que esa actitud nos lleva de forma automática a la falsa amabilidad, a decir «lo estoy viendo» cuando no estás viendo nada, a decir «ya va quedando» cuando nada va quedando. Con eso solo caemos en la espiral dañina de la amabilidad fingida, esa que se sostiene con la boca mientras por dentro no hay nada.
Pero no todo en esos consejos es falso. Es verdad que hay cosas que no están bajo mi decisión, aunque también es verdad que pueden afectarme. Imagina que el problema escala, y que por ese problema pierdes tu empleo. Es probablemente el peor de los escenarios y difícilmente ocurrirá, pero que la probabilidad sea baja no quiere decir que sea imposible.
En una estructura deficiente lo único que queda es la verdad. No la verdad dicha desde el enojo y el resentimiento, que bien pueden venir de los roces constantes de la amabilidad fingida, sino la verdad dicha desde los hechos. Si tienes un problema A que está detenido por un problema B, que a su vez no se resuelve porque existe un problema C, entonces eso tiene que encontrar una manera concreta de comunicarse, y comunicarse con integridad. Ahora, el problema no es la capacidad; hacer el análisis de A, B y C no es lo complicado. Lo complicado es hallar la forma de decirlo con seguridad.
Piensa en lo siguiente: cualquiera puede comunicar algo, pero que lo escuchen, bueno, eso ya es otra cosa. Las personas escuchan a quien tiene autoridad para hablar, y el que tiene autoridad no es el que lleva más tiempo en el trabajo, tampoco el que tiene más conocimiento, porque tener mucho conocimiento no significa que ese conocimiento esté ordenado. No es quien grita más, ni quien hace las amenazas más intimidantes. El que tiene autoridad es el que realmente se sabe competente para resolver problemas, y ese saberse es algo que se obtiene con la seguridad de quién eres.
Si estás comprometido con algo, el compromiso no sirve de nada si no te sabes a ti mismo comprometido. Si no lo supieras, si lo ignoraras, o si simplemente no tuviera importancia para ti, entonces sería un compromiso falso. Pero cuando estás comprometido y eres consciente de que apuestas parte de quien eres en ello, tu mente empieza a hacer cosas increíbles: traza caminos donde no existía ninguno, encuentra las fisuras de las estructuras deficientes, y observa con naturalidad aquello que para otros representa un esfuerzo lógico y desgastante. Y no hablo de mirar un objeto y pensarlo con una lógica aplastante; hablo de una naturalidad que no viene de la lógica, viene de entenderte involucrado.
La lógica es una herramienta de trabajo, pero no lo es todo. Los seres humanos tenemos procesos internos muy desarrollados que no siempre aparecen en la conciencia mientras estás despierto. No siempre vas a estar consciente de lo que haces o de lo que piensas; en el fondo de la mente existen percepciones mucho más profundas de cosas y situaciones que simplemente no están en nuestro mapa lógico. Percibimos más de lo que entendemos, y esto no es mística, es ciencia: lo que percibimos rebasa muchas veces lo que podemos explicar.
Así entonces basta con involucrarse, con poner tu compromiso y parte de ti en algo, para que comiencen a aparecer percepciones que te ayuden a solucionar, a comunicar, a buscar caminos.
Hablábamos de estructuras deficientes. Pues estas estructuras tienen un camino para volverse eficientes, y quizá tu camino no esté en buscar alternativas para resolver el problema, sino en buscar cómo remediar la estructura, que finalmente será la que te dé las herramientas para resolverlo. Hablar con las personas correctas, pedir favores concretos, atacar cierta problemática para desbloquear, proponer procesos, entender a las personas, impulsar cambios.
No te puedo dar la solución, porque hablando solo de las que yo conozco pasaría meses escribiendo, y de nada serviría, porque es como tratar de enseñarle un idioma completo a alguien que no lo va a usar entero. Más bien te animo a que busques la solución desde el ser, desde el compromiso, desde la seguridad de quién eres.
Por supuesto, esto no es una solución universal a todos los problemas que existen. He escrito y defiendo que hay situaciones que van más allá de lo tratable, contextos de abuso e injusticia que acorralan cualquier solución que podamos crear. Para eso hay salidas más drásticas y más sencillas, y un buen cambio podría impactar mucho tu vida. Pero he aquí un gran problema que he visto: si cambias todo constantemente, nunca te comprometes con nada, y entonces no hay nada de tu ser en lo que haces. Así, ¿cómo habrías de acercarte a responder la pregunta universal de quién eres? No hay manera cómoda de saberlo. Está solo el camino del compromiso y la seguridad, y ese camino exige partes de nosotros.