David Solper

Una de las experiencias más ambiguas que me ha tocado vivir es la amabilidad, y digo ambigua porque en verdad la amabilidad es de las cosas más falsificables entre las personas. Y no es que haya descubierto en vivo a personas amables que por dentro no tienen buenas intenciones, por supuesto que no puedo leer intenciones: David, el gurú de las intenciones, se quedaría sin trabajo porque no atina a la totalidad de los casos. Pero sí he observado a las personas que están cerca de mí; casi con todas ellas he hablado en algún momento de sus relaciones laborales, personales, sentimentales, y en todas ellas siempre se oculta un sentir curioso, que si se expresara crudo sería algo así como «voy a ser amable, pero no porque se lo merezca, sino porque debo serlo».

Cualquier purista de la razón podría decir: ¡ajá!, ahí está la hipocresía. Pero no estamos buscando el juicio profundo, sino la conciencia y el análisis, y es que en verdad esta actitud es una de las formas más comunes de amabilidad que he encontrado. Y por supuesto, si es tan común, me pregunto cuántas veces las personas han sido amables conmigo no porque fuera amabilidad auténtica, sino porque de alguna forma, en un juego muy sutil, los he obligado a serlo.

Pero hay una actitud muy incómoda que he experimentado justo en la posición de quien decide ser amable por obligación, y es que no solo no genera ningún placer hacerlo, sino que al estar obligado a hacerlo tantas veces la mente se carga: entre roces constantes, lo que encontramos en la realidad ya es una herida abierta. No hay mente que pueda aguantar el constante golpeteo de algo que de primer momento es una actividad desgastante. Y entonces ¡boom!, algo explota: una renuncia, una pelea, una separación silenciosa, un alejamiento sin sentido.

Y es que cuando decides tomar la actitud de ser amable sin serlo auténticamente, ves todo tu alrededor como un campo de batalla: tienes aliados, enemigos, tienes poderes legítimos y fácticos, tienes batallas y estrategias. Cuando comienzas a ver el mundo de esta forma también debes enfrentarte a realidades como la traición, la usurpación, el exilio, y todos los conceptos que denotan derrota, humillación y pérdida, porque en esa percepción tan solo hay un ganador y uno o más perdedores. Ver las cosas de este modo te lleva a una energía paranoica, donde todos son enemigos potenciales, incluso los aliados.

Solo en una percepción similar es como puedo entender que alguien decida ser amable por obligación, porque no se trata de una obligación interna, sino de diplomacia: conservar la paz en el orden establecido. Así se conservan trabajos, relaciones, amistades, pertenencias, simplemente aguantando. Pero al tomar esa decisión lo que se instala es un medidor de presión.

No estoy diciendo que se tenga que ser poco amable con las personas que disponen de ti cosas que no te agradan; creo que la decisión de tomar distancia de algo o alguien por injusticia o abuso es una decisión más que comprensible. Estoy hablando de que en ocasiones algo o alguien te puede parecer injusto, autoproclamado, abusivo, sin ser esto un atributo que impacte tu realidad. Cuando es así, en lugar de decidir ser amable de forma obligada, sería mejor dejar que las cosas fluyan sin que inviertas energía en una actitud cara. Hablo de permitir que los demás piensen su realidad como ellos lo deseen, pero que en tu interior gobierne la tuya y no la de otros; que estés siempre seguro o segura de quién eres, y de esa forma los tratos impositivos de los demás se minimizan, y comienzas a pensar en serio.

Cuando tienes seguridad de quién eres, puede venir un superior a tratar de aplastarte con su autoridad jerárquica y tú no te verías afectado, porque sabes quién eres, lo que aportas, tu valor y tu dignidad. Por tanto, decirle que sí al grito del jefe no supone una humillación, sino la omisión de aquello que no te sirve y la acción para aquello que pidió. Aquí no estás siendo amable obligatoriamente, porque no hay en ti una necesidad de obligarte, no hay contrapeso que te fuerce, sino que simplemente eres amable porque omitiste todo aquello que se refirió a tu persona: los malos tratos quedan en el aire.

Y hay algo todavía más práctico en esto. Cuando omites los gritos, y también las insinuaciones negativas sobre tu competencia —que es algo que he escuchado que se da—, te queda espacio para centrarte en lo único que de verdad importa en ese momento, que es resolver el problema. Irónicamente, ahí es donde estás siendo auténticamente amable, porque resolver es justo lo que hará feliz a tu jefe. Y tomando en cuenta que en estas situaciones es tu salario el que está en juego, el resultado es mejor: la amabilidad auténtica gana.

Entonces los enemigos se reducen. Tal vez no son enemigos, tal vez son personas estresadas que en su enojo hablan de más, pero tú, persona segura y confiada, sabes quién eres, y omites los enojos, vas al punto, resuelves, y luego vas tranquilo a casa a descansar.

Si esto te suena a ser un oficinista zen, es porque probablemente te suene a una filosofía lejana y difícil de dominar, pero he aquí que no debes trepar 10 cerros para entenderlo: tan solo necesitas observarte a ti, y luego observar a los demás. Cuando te observes a ti, date cuenta de que estás en medio de un juego social, y de que no todo lo que dicen las demás personas es real y verdadero. Lo que dice TikTok, Instagram y Facebook lo hicieron personas que por momentos estuvieron igual o más confundidas que tú; los métodos que prometen no siempre son para ti. Necesitas mirar dentro de ti y comprender que la experiencia de otros no es lo que gobierna la tuya. Necesitas tu propia experiencia, necesitas entenderte a ti. Y cuando observes a los demás, comprender que ellos tienen la misma limitante que tú: ellos no siempre saben quiénes son, no saben cómo expresar su valor, su valía, no saben cómo expresar sus deseos. No puedes atender y arreglar los problemas de los demás si no arreglas primero tu interior, y tampoco ellos.

Al final, la comprensión que esto me ha dado es el entendimiento de lo humanos que somos todos. El CEO de la compañía más rocambolesca de la historia y la persona del contexto más precario que conozcas, al final se enfrentan a la misma humanidad; los privilegios de uno no lo eximen de que tarde o temprano deberá enfrentar la misma pregunta: ¿quién soy yo? Y las respuestas que solemos dar a esas preguntas por lo general corresponden a lo que en el instante pensamos que somos: somos gerentes, directores, madres, padres, somos criadores, cuidadores, desarrolladores, emprendedores, empresarios, somos ricos, somos pobres, pero ninguna de estas respuestas puede, sola o en conjunto, definir a una sola persona. Las personas somos más complejas que eso.

Ya no observes en las personas lo que ellos creen ser, observa lo que son, y eso te ayudará a omitir la parte áspera de las actitudes negativas que te rodean. De esta forma podrás ser amable auténticamente siempre, tus aliados serán aliados de verdad, porque reconocerán lo genuino en ti, verán que tus intenciones son correctas y verdaderas, no obligadas y mezquinas. Aunque no lo creas, las personas sí percibimos los pequeños cambios que hay entre alguien que nos habla con autenticidad y alguien que no soporta plantarse frente a nosotros.

La amabilidad obligada no es una condena para los demás, es una condena para ti, es una cadena: eres prisionero de sus deseos, pero en su orgullo ha dejado la puerta abierta, porque cree que basta con tu voluntad para tenerte preso.

La única salida es emprender un viaje interno para buscar respuestas complicadas. ¿Y tú sabes quién eres?

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