David Solper

La observación de mis propios defectos me ha llevado a percepciones bastante distintas de aquellas que seguía cuando confiaba ciegamente en la claridad esporádica.

Una de las cosas que encuentro ahora bastante ruidosas son las miles de publicaciones aleccionadoras de LinkedIn. Para serles sincero, son las que me impiden ver esa red social más de cinco minutos seguidos. Además de que ahora se escriben con IA, tengo la sospecha de que los autores están empezando a subir contenido sin revisión previa, o que simplemente no tienen noción de lo molesto que resulta leer narrativas con una lección detrás. Unas te enseñan cómo trabajar, otras cómo tratar a tu jefe, otras cómo mejorar la educación de tus hijos; la gran tromba de lecciones se comporta como un cuento mandatorio para la vida. Y ciertamente, en la gran mayoría se encuentran huecos y preguntas incómodas que por supuesto los autores no responden. Primero, porque en la red más «profesional» que existe nadie las comenta: un comentario incómodo pesa más en ese ambiente que en cualquier otro, fenómeno curioso. Y después, porque las respuestas a las preguntas incómodas están secuestradas por un comportamiento políticamente correcto. Desde aquí ya se alcanza a ver que, en pos de mantener homogéneos los modales, de evitar que se eleven las emociones y de conservarlo todo en gris, existe un fenómeno todavía más grande: la carencia de autenticidad personal.

Hay un autor, desafortunadamente ya no en vida, que sostenía esta idea: el lenguaje y la mente conceptual solo pueden funcionar a través del contraste. Es decir, que cuando evocamos una palabra, evocamos de inmediato también su inverso, porque lo necesitamos para sostenerla. Si decimos luz, la palabra no puede ocupar un espacio en nuestra imaginación sin la oscuridad; necesita a la oscuridad para sostenerse. Si decimos paz, la paz no tiene sentido si no pensamos que antes hubo guerra, porque si la paz fuera lo único existente no haría falta una palabra para describirla. Se necesita su inverso para sostenerla.

Quizá sea por esto que las publicaciones aleccionadoras me molestan tanto. Porque al evocar sabiduría, para sostenerse a sí mismas se apoyan en que el lector es lo contrario. La palabra pensada puede ser muy distinta entre unos y otros, pero en todos los casos evoca una sensación de ignorancia. Para sostener la supuesta sabiduría aleccionadora del texto, hay que presuponer primero la ignorancia del lector. Ahí reside el ruido.

Dice el gran libro: «si alguno entre ustedes se cree sabio en este siglo, hágase ignorante para llegar a ser sabio». Esto podría poner en problemas mi argumento, pero sinceramente no lo veo temblar, porque los lectores no son hojas en blanco. Cada uno tiene la experiencia de vivir, y entre ellos puede existir mayor entendimiento del que hay en un video aleccionador. Y he aquí un sesgo muy interesante que he observado desde el inicio: el de pensar que todo aquel que sube un contenido a internet sabe de lo que habla.

Cuando era más joven me tragué completos los cuentos que contaba mi generación. Todas las ideologías expuestas en los foros preparatorianos y universitarios llegué a creerlas sin duda. Pero qué gran cachetada me dio el destino el día que entendí que no se necesita ser experto en algo para subir un contenido; es más, ni siquiera se necesita saber de lo que se habla. Y entonces, ¿todos esos cuentos que un día me comí eran mentira? Es posible, y es muy común que lo sean, porque un discurso no se sustenta a través de sí mismo: necesita apoyo. Tal vez los discursos que escuchaba se sostenían con otros discursos, de otras personas, pero eso nos lleva a una lógica vacía, como un dólar respaldando a otro dólar. Así es el discurso que respalda a otro discurso. Cuando llega el momento de profundizar en el hecho, la narrativa se va desvaneciendo, porque no tiene sustento en la realidad perceptible ni en la calculada.

Son filosofías vacías, consejos sin fondo, lecciones sin enseñanza.

Una cosa sí hacen: me hacen sentir tonto. No porque lo sea, sino porque en el instante mismo del consumo me pregunto si es verdad lo que dice esa publicación, si es verdad lo que escribe esa persona, o si hay algo de realidad en la lección que vino a parar a mi pantalla. Lo he pensado bien, y francamente me parece inquietante que este tipo de contenido tenga tanto éxito en LinkedIn.

Si yo dijera algo como «esa filosofía no es nada, yo tengo una mejor», caería voluntariamente en el mismo agujero que estoy observando. Por eso no vengo a defender un solo tipo de entendimiento, sino a exponer una realidad que cada quien puede observar por su cuenta. Todas las personas que están leyendo esto, y las que no, son un compendio enorme de experiencias. La sabiduría no nos falta. Es cierto que somos ignorantes, pero eso es algo que debemos saber primero, y no necesitamos que alguien nos guíe hasta ese punto: lo somos porque tenemos límites, y los límites físicos son el margen de nuestra ignorancia. Pero también sabemos, y sabemos mucho, porque lo hemos experimentado, y entendemos cómo funciona una pequeña parte de este mundo.

Si el argumento sobre la evocación que hice hace rato es correcto, entonces la peor de las ignorancias es creer que uno lo sabe todo, o que sabe más que los demás. Porque cuando digo que sé más que los demás, lo que estoy diciendo en realidad es que mi entendimiento está sujetado por otros entendimientos, que a su vez sujetan a otros más. Y la realidad no permite eso. La realidad es brutalmente honesta: sabes algo no porque seas mejor, sabes algo porque tuviste la oportunidad de saberlo, porque tuviste el privilegio de toparte con el contexto correcto, con la situación perfecta, con la ocasión específica. Pero no solo eso: alrededor nuestro hay puntas tan complejas y tan específicas de experiencia vivencial, personal y profesional, que nuestro entendimiento del otro se reduce, y entonces no sabemos nada en realidad.

El que está tratando de enseñarnos una lección está en nuestra misma situación, y camina en la misma experiencia humana.

Si todavía te sientes nervioso frente a una persona con un cargo imponente, piensa en esta idea: no por ostentar el cargo más grande es más que tú en ningún sentido. Tú no conoces lo que lo llevó hasta ahí, y él no conoce tu historia. Suponerlo es construir una mentira. En esencia son dos personas que apenas se conocen y no saben nada la una de la otra.

A partir de saber esto he dejado de menospreciar mi propia experiencia. Cuando alguien busca mi ignorancia, pierde mi atención, porque no puedo pretender saberlo todo, y tampoco aprenderlo todo. Hoy mi mente tiene objetivos y metas claras, y voltear a ver lecciones de vida que se sostienen con mensajes alarmantes o pegajosos es distraerme de forma absurda, porque aunque lo deseara nunca podría retener toda la información que los demás piensan que es absolutamente urgente conocer.

Los expertos existen, pero un discurso no los valida.


No di el nombre del autor de la idea sobre el contraste, y no fue olvido. Es un autor muy malinterpretado, y ponerlo aquí habría movido la conversación hacia él en lugar de hacia la idea, que es lo único que me interesaba. A quien quiera su bibliografía, se la doy con gusto si me la pide en persona.

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