David Solper

En las redes sociales, sobre todo en aquellas que permiten una conversación más extensa, me he encontrado con un tema que reaparece una y otra vez, a la vez técnico, personal y espiritual. Diversos creadores y autores lo llaman «el despertar»: el momento en que un ser humano se percata de su propia conciencia. Es como salir de una caverna —la del mito de Platón—, donde uno se movía solo por el condicionamiento de la carne, dando por verdad lo poco que alcanzaba a ver.

Se trata de una apertura, o una elevación, de la conciencia, alcanzada por caminos diversos: la reflexión, la meditación, la comunión con lo divino, el afinamiento de la percepción o el cultivo de las propias facultades. Quien cruza esa frontera ya no se limita a actuar: ahora observa sus acciones desde un lugar distinto. No es únicamente el hombre que obra, sino también una mirada que contempla a ese hombre obrando. Y ambos son la misma persona.

Nada de esto es nuevo. Tiene siglos, quizá milenios, comprendido por quienes se han interesado más en lo espiritual que en cualquier otra disciplina. Y no lo digo de oídas: lo experimenté. En la meditación llegué a observarme a mí mismo. Nunca he estudiado si eso guarda relación con lo que llaman el «tercer ojo», pero tendría sentido, porque se trata de una observación ajena a los instintos y a la mente que, sin embargo, sigue siendo uno mismo.

En esta disciplina hay algo que conviene entender desde el principio: la conciencia no se reduce al cuerpo. La mente es parte del cuerpo; es un instrumento que permite manipular el mundo, pero no es, en sí misma, la conciencia. Son cosas distintas, y de algún modo lo intuimos. Hace poco vi un contenido de divulgación sobre científicos que hoy intentan definir la conciencia: qué es, de dónde viene, cómo surge, dónde reside. Y aunque muchos coinciden en situarla en la mente, lo cierto es que no hay acuerdo ni evidencia que lo sostenga. Definir siquiera qué es la conciencia les resulta una tarea ardua; y si no logran decir qué es, mucho menos dónde habita. La intuición humana, en cambio, y casi todas las disciplinas espirituales, apuntan a lo mismo: que la conciencia no está en la mente, que le es ajena. Ambas nos pertenecen —somos mente y conciencia—, pero la mente reside en el cuerpo y la conciencia parece habitar otro plano.

Observarse a uno mismo, abrir ese punto de vista desde el cual uno se contempla, no ocurre en la mente: ocurre en la conciencia, y es a la mente a quien observa. La mente actúa según sus instintos; la conciencia mira. Y conviene advertir que la experiencia no tiene nada de cómoda. Porque no solo se contemplan las virtudes de la mente, del cuerpo, de la voluntad, sino también su mal. Y se contempla en vivo. Te observas a ti mismo y observas tu mal, y muchas veces no puedes hacer nada. La mente se tuerce hacia el deseo, hacia el acto, y tú lo sabes, pero no intervienes: la conciencia rara vez tiene, en el momento, las herramientas para impedirlo. La carne —pues mente y cuerpo son carne— va a lo suyo y por lo suyo actúa, sin preguntar si conviene, si está bien o mal. No le importa. Así, cuando uno inicia este camino, la incomodidad de verse haciendo lo que sabe que no debe es casi inevitable: la conciencia lo sabe y lo mira; la carne, entretanto, ya obró.

Y, sin embargo, algo hacemos, aunque no de inmediato, porque la carne no obedece a cambios inmediatos, y eso es del todo natural. Cuando me casé, por ejemplo, dejé la casa de mis padres para vivir con mi esposa. No salí por necesidad ni por conflicto, sino porque casarme me pedía justamente eso; y aun así el cambio me llenó de tristeza, porque llegué a extrañar profundamente a mi familia. Lo viví en la carne, y la carne no acepta los cambios de golpe: los transita, necesita acostumbrarse a lo que al principio la incomoda. De ahí ese dicho que tantas veces oí entre compañeros de oficina: «a todo se acostumbra uno». Suelen decirlo por sus trayectos, y no es poca cosa en una ciudad como la Ciudad de México, donde vivo: he conocido a quienes al inicio escandalizaba media hora de camino, y a quienes hacen tres horas de ida y tres de vuelta, ya habituados. La carne se acostumbra a todo, sí, pero sufre el cambio.

Por eso, cuando la conciencia advierte que algo debe cambiar en la carne, no puede accionar una palanca y esperar obediencia. Tiene que emprender cambios estructurales, de procesos, y eso lleva tiempo: meses, años, a veces la vida entera, según cuán arraigada esté la costumbre. Ese es uno de los mayores problemas de la apertura de la conciencia. Y, con todo, pese a sus asperezas, esta apertura es un descubrimiento personal y espiritual magnífico. Darse cuenta de uno mismo, observarse, produce a la vez misterio y placer; es como develar una verdad que siempre estuvo frente a los ojos sin que la viéramos. Es una de las experiencias más hondas que he vivido.

Mas, al cabo de un tiempo —no muy largo, he de decirlo—, empezaron a surgir dudas inquietantes. Antes de aquella apertura, yo miraba lo que era y lo que hacía con no poca soberbia. Al despertar, y volverme sobre mí, observé precisamente eso: mi orgullo, mi soberbia, mi falta de dominio propio, mi egoísmo. Porque, ¿cómo era que aquello que yo creía ser, mi identidad, se convertía sin más en instrumento para sentirme superior a los demás? Quien tenga alguna noción de psicología sabrá que sentirse superior no cuesta nada: por cualquier cosa lo hacemos. El rico por rico, el pobre por fuerte o trabajador, el espiritual por espiritual; y así con cualquier rasgo que uno quiera esgrimir. No pretendo levantar categorías que ofendan; solo constato que sentimos orgullo de lo que somos, y que ese orgullo brota con facilidad en soberbia.

Toda mi vida mi madre me llevó a cultos cristianos; ahí aprendí sus reglas y las razones por las que nosotros, los evangélicos, éramos algo así como la religión verdadera. Con los años esa perspectiva se renovó por completo, pero entonces la creía a pie juntillas. Y cuando se me cayó la venda de los ojos, vi cómo aquella soberbia espiritual me hacía creerme superior a quienes me rodeaban, como si fueran espiritualmente inferiores y, por ello, en cierto modo despreciables, por no compartir mi «gran» perspectiva sobre Dios, la verdad y lo espiritual. Sentí vergüenza, porque comprendí que aquello no era superioridad alguna, sino un exceso de confianza en mi creencia; una confianza que muchas veces ni siquiera se apoyaba en la Biblia o en quienes yo tenía por líderes, sino en ideas mías que colocaban mi fe por encima de la de los demás. Fue una vergüenza grande.

Vino después el proceso de entender —y observar— que aquello no solo estaba mal, sino que lo repetía sin cesar: de nuevo, la observación incómoda de lo que se hace mal. Hice algunos ajustes. No diré que he quedado libre del todo, pero sí que la conciencia, al final, genera procesos para que la carne asimile lo que ha visto. Genera dolor, cuesta tiempo, pero se logra.

Y entonces me topé con un problema que aún hoy me inquieta: ¿qué es la apertura de la conciencia sino el mismo fenómeno carnal del que huyo? Porque también ella engendra orgullo. También lleva a decirse: «me doy cuenta antes que nadie; el que está a mi lado no ve lo que yo veo; los demás están ciegos, y yo no». El concepto mismo del despertar me parece soberbio, pues afirma que el resto duerme y que yo, por alguna razón, estoy despierto, y por tanto soy superior. ¿No conduce ese orgullo, precisamente, a obrar igual que antes? Es un mundo del que se escapa y al que, sin embargo, se vuelve por otra vía: la de la soberbia adquirida mediante la misma facultad que debía destruirla.

Alguien dirá que basta un poco de humildad para no dejarse consumir. Pero quien lo dice, creo, no acepta —más que no entender— cuán dañinos podemos llegar a ser con nuestros semejantes. ¿No basta con observar tanto mal en el mundo? Despiertos o dormidos, no dejamos de ser humanos; no nos volvemos ángeles por observarnos. Y la conciencia que dice observar a la mente termina siendo también imperfecta, porque no puede observarse a sí misma para advertir lo que omite. Puedo despertar, ver mis males y corregirlos, y aun así mi conciencia jamás lo verá todo. De lo contrario, la historia estaría llena de hombres espiritualmente perfectos; y bien sabemos que, por espiritual que alguien sea, si rascamos en su vida siempre hallaremos pasajes de los que no se enorgullece. La humanidad es así: errante. Llevamos dentro algo que nos empuja al egoísmo, al orgullo, a la soberbia; algo más cercano a una naturaleza de diseño que a una cuestión de gusto o de voluntad. Estamos, en apariencia, hechos para inclinarnos a ese mal.

Por eso el despertar no encierra en sí el germen de la perfección; es más, la experiencia me ha enseñado que puede ser aún más peligroso que seguir dormido. Quien duerme actúa confiado en que el mundo es como cree, con todos sus defectos, pero desde un lugar que no alcanza a influir: no puede ir más allá de sí mismo. Quien despierta, en cambio, sí puede ir más allá de sí, y ahí está el peligro, porque repara en los demás y no por ello deja de ser humano. Pero el peligro no es siempre algo de lo que haya que huir: hay peligros que conviene enfrentar, y este es uno de ellos en el camino de la conciencia. Aceptar que una conciencia activa —capaz de observar la propia carne y a los demás— no nos vuelve superiores, perfectos ni mejores, sino que debería llevarnos a lo contrario: a reconocer que todos, dormidos o despiertos, somos iguales. Humanos, al fin y al cabo.

Creo que la filosofía del despertar —así llamo a cuanto aquí he reunido— no abre un camino de perfectibilidad; solo nos vuelve personas que miran el mundo de otro modo. No mayores, no mejores: distintos. Cómo se combate de veras esta trampa es asunto para otro momento; por ahora me basta con dejar sentado esto. Hay una euforia enorme entre quienes creen despertar, pero es una euforia que se va pronto y nos devuelve al punto de partida. El asunto no es adquirir la mirada que permite observarse; el asunto es no recaer en aquello de lo que se huye. Porque, se tengan tres, cuatro o cinco ojos, si uno sigue atrapado en el mismo problema de la naturaleza humana, sigue en el mismo lugar. La apertura de la conciencia es una habilidad valiosa, espiritualmente valiosa, pero no es el camino. Es apenas una herramienta.