David Solper

Propongo una idea: por cada realidad espiritual existe un ancla terrenal que la sostiene, y a la inversa, todo lo que existe en la tierra tiene su equivalente espiritual. Llego a ella por los ecos que encuentro constantemente en la naturaleza y en cualquier narrativa: para cada cosa grande existe una pequeña que se le parece y que funciona como su equivalente.

Mira un átomo: un núcleo en el centro y, a su alrededor, una nube de electrones que lo envuelve. Ahora aleja la mirada hasta un sistema solar: otra vez un centro, el sol, y planetas que giran a su alrededor. Aléjate más y encontrarás una galaxia, con millones de estrellas girando alrededor de un centro galáctico. Y algunos científicos proponen que, aún más allá, existe una gran fuerza de atracción que arrastra grupos enteros de galaxias en una misma dirección. Las fuerzas que actúan en cada nivel no son las mismas, pero el patrón se repite: un centro que ordena lo que gira a su alrededor. Lo pequeño hace eco de lo grande.

Pero lo pequeño no solo se parece a lo grande; también lo mueve. Un proceso químico afecta a unas cuantas células del cerebro. Esas células afectan al órgano, y el órgano afecta a la persona: a su ánimo, a su humor, a sus decisiones. Esa persona afecta a la sociedad en la que vive, esa sociedad a otras, y juntas a una nación entera. Las revoluciones y los movimientos que cambiaron la historia comenzaron así, con el pensamiento de cambio de unas cuantas personas. Por eso podemos describir con conceptos parecidos el comportamiento de una persona y el de una sociedad: ambos parecen regirse por las mismas leyes.

Si en el mundo que vemos lo grande y lo pequeño se reflejan de esta manera, creo que lo mismo ocurre entre lo visible y lo invisible: cada cosa terrenal tiene su eco espiritual.

Lo que llamamos espiritualidad es, quizá, la parte de nuestro alcance, de nuestro potencial, que todavía no logramos entender del mundo que ya percibimos con naturalidad. Es como si naciéramos con una venda sobre los ojos. Cuando la espiritualidad crece, emprendemos un largo proceso cuyo objetivo es retirar esa venda, y quitárnosla es, en el fondo, aprender a escuchar lo que el mundo nos dice y a distinguir entre sus voces.

Pensemos en un espacio lleno de basura. Nos incomoda, y existe una explicación natural para esa incomodidad: nuestro cuerpo reconoce suciedad, riesgo y descuido. Esa explicación es cierta, pero no tiene por qué ser la única. Al mismo tiempo, ese lugar nos está diciendo algo sobre quien lo habita y sobre lo que ahí sucede. Propongo que en los espacios, los lugares, los objetos y los contenidos habitan verdaderos espíritus que nos transmiten su identidad, su discurso y su propósito por medios no verbales. Quien busque la causa natural tiene razón, pero su razón no invalida esta otra, porque responden a preguntas distintas: una explica cómo sentimos; la otra, qué nos está comunicando lo que sentimos.

Esta idea me ha ayudado a entender por qué los relatos de la Biblia, que están al alcance de todos, no impactan igual a todas las personas. Hay un espíritu en ese texto, pero el efecto no depende tanto de él como de nuestra disposición a colaborar con él y a dejar que nos comunique algo. Para eso, primero se necesita apertura.

Alguien puede leer el libro completo, de Génesis a Apocalipsis, y no encontrar nada si no lo leyó buscando una respuesta espiritual. No es que al texto le falte espíritu. Es que el espíritu del lector no quiso escuchar. En cambio, quien lo lee buscando conexión la encontrará con el espíritu que está detrás del texto.

Pongámoslo en términos no religiosos. Si visitas una casa extremadamente ordenada, algo te sorprende: captas algo en ese lugar. Solemos llamarlo “ambiente”. Un lugar puede tener un ambiente ligero o pesado, y tal vez esa sensación no sea otra cosa que la conexión que tenemos con los lugares que visitamos. Espiritualmente nos dicen algo, a veces cómodo y a veces incómodo. Lo mismo ocurre con una casa llena de basura: te comunica algo. Los espíritus siempre hablan, pero depende de nosotros escucharlos.

Las explicaciones naturales y las espirituales no están peleadas. Las naturales nos dan comprensión del mundo físico, y la ciencia hace muy bien ese trabajo. Las espirituales parten de esa misma naturaleza que sí percibimos para descubrir lo que existe detrás de ella. Una no reemplaza a la otra; se complementan.

Visto así, interactuamos con espíritus todos los días: con lugares, personas, situaciones y comportamientos.

Estos espíritus tienen voluntad: quieren comunicar lo que desean. Escucharlos o no depende de nosotros, pero no siempre lo decidimos de forma consciente. Cuando no elegimos a qué prestar oído, escuchamos todo lo que se nos cruza, y ahí somos más vulnerables. Una vez que escuchamos, somos altamente influenciables. No es una sentencia, pero las narrativas que estos espíritus nos comunican tienen una fuerza real sobre nosotros.

Sin embargo, no somos simples receptores. También tenemos voluntad, igual que esos espíritus; somos parte del mismo ecosistema. La diferencia es que nosotros tenemos vida, y no cualquier vida: vida humana. Tenemos inteligencia para comprender y transformar el mundo, y una infinidad de herramientas que nuestra propia naturaleza nos dio. No estamos a merced de lo que nos habla; podemos decidir qué escuchar.

Por eso importa tener un objetivo. Somos seres muy sensibles espiritualmente, y sin un rumbo claro nos dejamos llevar por las sensaciones que surgen de esas conexiones. Vamos por el mundo, los espíritus se nos cruzan y a veces nos arrastran. En cambio, cuando tenemos un objetivo, nuestra apertura deja de ser pasiva y se convierte en una elección: podemos decir que no con más facilidad, porque sabemos distinguir entre lo que queremos y lo que no.

Por supuesto, no es un modelo perfecto. El ser humano tiende al error, y eso lo vuelve inconsistente con lo que piensa y afirma. Pero aunque con un objetivo a veces nos desviemos, volver a él nos permite retomar el camino perdido.

Andar en el espíritu es como navegar en el mar: es inmenso, terrible y peligroso. El mundo espiritual es imponente, pero también lo es el mar, y aun así lo navegamos. Lo hacemos por dos razones. Primero, porque no tenemos otra opción: estamos vivos, y como humanos nos toca navegarlo. Segundo, porque en el corazón humano siempre existe la necesidad de hacer cosas peligrosas, de buscar sus límites para romperlos.

El problema es que no vamos en una barca invencible, sino en una totalmente falible: nuestro cuerpo. Esa barca se desviará del rumbo una y otra vez a lo largo de la vida; ese es el castigo de la carne. Pero cuanto más conozcas el territorio espiritual, más fácil te será retomar la ruta hacia tu objetivo.

El objetivo puede ser cualquiera, desde ganar mucho dinero hasta convertirse en un gran artista. Para alcanzarlo necesitamos navegar ese mundo espiritual. Pero aquí está lo que no terminamos de comprender.

Los espíritus que habitan en lugares, actitudes, situaciones y representaciones físicas del mundo no solo tienen voluntad; también tienen alcance, y no todos son iguales. No existe un diablo con cuernos y cola roja; lo que existen son espíritus que nos atraen hacia ellos.

Conocemos bien la frase “todo tiene un precio”, y a veces la aplicamos, porque sabemos que en esta vida nada es gratis. Creo que el mundo espiritual funciona igual: todo lo que obtienes lo tienes que pagar. Si alguien se propone ganar mucho dinero y lo logra, ese logro tiene un precio. Ese precio no se paga con dinero, porque en el mundo espiritual se usa otra moneda: se paga con vida, con tiempo, con sudor, con paz, con incertidumbre y con angustia.

Claro que la oferta parece atractiva; si no lo fuera, no te atraería. Las ofertas de los espíritus son como los anuncios de internet, llenas de mentiras y medias verdades. Así alcanzan a las personas, las atraen hacia sus placeres y luego cobran.

También hay espíritus que nosotros creamos. Cuando construimos espacios o ideas, o ponemos nuestra fuerza en algo, alimentamos espíritus que suelen traernos bienestar y calma. Pero también estos tienen su lado negativo, porque todo tiene una parte amable y otra agreste.

Caminamos en un mundo que no podemos observar como observamos el mundo físico. Estamos en él sin saberlo, pero la ignorancia no nos exime de sus efectos. Mientras no elijamos a qué escuchar, escuchamos todo, y por eso nos influye todos los días, a cada instante.

Si esta propuesta es cierta, ya vivimos en un mundo espiritual, y eso no es opcional. La existencia de la naturaleza no invalida la espiritual; al contrario, la sostiene, del mismo modo en que lo pequeño sostiene a lo grande.

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