David Solper

Hay algo desconcertante en descubrir que las cosas rara vez son como creíamos. Vivimos convencidos de saber cómo funciona aquello que nos rodea y, sin embargo, casi nunca conocemos su trasfondo. La certeza, tan a menudo, no es más que una forma cómoda de ignorancia.

Quizá por eso los seres humanos compartimos una necesidad silenciosa: la de confiar. Para resistir el golpe de la vida hace falta apoyar el peso en algún lugar. Unos lo depositan en sus posesiones; otros, en su conocimiento; otros, en su astucia. Los hay que confían en la familia —lo cual me parece sano—, y quienes entregan esa confianza al placer, a una sustancia, a un hábito. Cambia el objeto, nunca la necesidad: confiar es la condición para sobrevivir.

Hace poco vi un documental de divulgación sobre la suerte. No sabría reproducir sus datos con precisión —me falta el vocabulario y no lo retuve entero—, pero conservé lo esencial. La suerte, despojada del misticismo con que solemos envolverla, admite una explicación más sobria: hábitos psicológicos y estadística. Quien se considera afortunado suele cultivar, sin saberlo, disposiciones que le abren puertas. Y tiene su lógica: una persona amable, que sonríe y sostiene la mirada, inspira en un primer encuentro una confianza que la persona hosca ahuyenta. Existe, pues, una relación estrecha entre lo que somos y el destino que terminamos buscándonos. Me detengo en ello porque, si hay un territorio donde de veras mandamos, es el de nosotros mismos. No del todo —hay circunstancias que nos exceden—, pero sí en la manera de responder a cada una.

Había otro rasgo del afortunado que quise retener: su mentalidad no es propiamente optimista, sino resiliente. Es la capacidad de levantarse. Quien intenta algo y fracasa conserva, todavía, muchas ocasiones por delante; y ahí reside lo conmovedor, porque casi todas las historias de éxito son, en el fondo, historias de gente que no dejó de intentarlo. Del éxito y del modo en que la sociedad lo administra habría mucho que decir, pero esa es harina de otro costal. Basta esta idea, casi una paradoja: la suerte, tal como la conocemos, puede tener reglas. El azar puede tener reglas.

Depende de cómo nos miremos —afortunados o desdichados, y en comparación con qué— que la balanza se incline hacia un lado u otro. Lo ilustra bien una escena: imagina que trabajas en un banco, en una jornada cualquiera. Estás en las cajas cuando entra alguien con una pistola, corta cartucho y exige el dinero. La cajera, nerviosa, acciona la alarma; el asaltante, más nervioso aún, dispara; la bala te roza el brazo. Lo detienen, te llevan al hospital y en unas semanas sanas de una herida que, en rigor, no fue grave. Ahí termina el hecho. Lo demás —lo afortunado o lo desafortunado— nace en el relato. Una persona de negatividad latente dirá que fue lo peor que le ha pasado, y acaso abandone su trabajo por miedo a que se repita. Otra, de ánimo distinto, celebrará haber sobrevivido; incluso habrá quien, con el tiempo, bromee: «Es la mejor historia de mi vida». Un mismo suceso, dos destinos, porque la percepción de la fortuna se levanta siempre sobre una comparación. Y cuando decidimos considerarnos afortunados, algo se abre: aparecen oportunidades que antes no veíamos, y con ellas una manera más luminosa de habitar la vida.

He transitado hace poco por días difíciles, de esos que presionan la vida entera —personal y laboral— y que sacuden la rutina precisamente porque no son la rutina. En ese tránsito la resiliencia ha sido, para mí, de lo más valioso: no solo me ha permitido mirar la vida de otro modo, sino caminar en paz con lo que sucede alrededor.

Y es aquí donde debo confesar sobre qué descansa, al final, mi confianza. Confío en Dios, y ese Dios no es para mí una figura de conversación ni un ente inventado por la imaginación: es una relación real con un Ser real que, a lo largo de mi vida, ha probado hacerse presente aun en lo más oscuro. Mi temple resiliente, el que me ha llevado a atravesar estos procesos, no estuvo siempre conmigo. Fue una transformación lenta, desde mi juventud hasta hoy, y no fue fácil ni obra de la suerte. Porque no siempre fui positivo, porque no siempre fui resiliente, porque no siempre confié, porque no siempre tuve firme la fe que hoy me sostiene.

La ciencia, por supuesto, tendrá razón —suponiendo que aquellos estudios sean completos, y que mañana no llegue alguien a señalar una medición mal hecha o un supuesto de más, cosa natural en su crecimiento—. Pero aunque tuvieran razón, o aunque la perspectiva se ampliara con el tiempo, mi fe no se movería un ápice, porque fue ese Ser con quien me relaciono quien impulsó el crecimiento del hombre que hoy soy. No hablo de un ascenso profesional; hablo de algo mayor: un crecimiento interior, verdadero, cuyo eco he visto reflejado en la vida de muchos a mi alrededor. Estoy en paz con la vida que Dios me ha dado y, pese a las complicaciones —tan naturales en cualquiera—, agradezco la forma en que me ha sacado de lo más hondo. Quisiera poder demostrarlo; me gustaría poner sobre la mesa una prueba capaz de persuadir a multitudes. Sé que no lo haré: son cuestiones de fe, y tampoco es mi mayor afán convencer a quien no comparte mi creencia.

Junto a esa fe sostengo otra convicción: que los seres humanos poseemos, por diseño, una libertad esencial —la de elegir en qué creemos y a quién servimos—. Lo que llevamos en las manos siempre lo entregamos; toda la cuestión está en saber a quién. Podemos ofrecerlo a la familia, a los hijos, al cónyuge, a los padres, a quienes nos rodean; pero también al egoísmo, a la soberbia, al dinero, al enemigo. Nada de lo que tenemos permanece en reposo: se ofrenda, lo advirtamos o no.

Y si algo es incuestionable en este mundo, es que el engaño existe; y mientras exista, estaremos expuestos a él en cualquier circunstancia. No poseemos la verdad, porque somos humanos: por eso hemos de confiar. Ignoramos, en el fondo, cómo funciona realmente el mundo. Esta realidad que a veces juzgamos aburrida, la ciencia se ha encargado de mostrarla mucho más fascinante de lo que parece; y eso me maravilla, porque, al contrario de quienes celebran cuántas preguntas ha respondido, a mí me parece que abre muchas más de las que cierra. Hay quienes fundan toda su existencia en ella, y acaso la ciencia les dé certidumbre sobre los procesos del universo, sobre cómo se enciende un foco, cómo crece un árbol o cómo obra una infección. Pero hay mucho que no alcanzamos a comprender, para lo cual nos falta intelecto, sabiduría, entendimiento. Por eso mi confianza reposa, entera, en aquel Dios que me renovó; el que me dio prueba cierta de que tiene poder para cambiar las cosas y para depositar en mi oído y en mi corazón secretos que de ningún otro modo habría podido entender. No soy un intelectual: soy, apenas, alguien que habla de lo que ha visto.

Dejaré, para quien quiera seguir el hilo, el documental sobre la suerte que dio origen a estas líneas; por si alguna alma perdida llega hasta aquí y lo lee completo. Gracias por acompañarme.

Fuente de contenido: Documental sobre la suerte